Es conocida la pasión de Gabriel García Márquez por lo que él mismo
denominó “el mejor oficio del mundo” –el periodismo-, y en estas semanas en los
que todos insisten en su valía como novelista, es bueno recordar como llegó el
gran Gabo a ser un genio del lenguaje.
Cuando a los veinte años tuvo que hacer un reportaje sobre un
desprendimiento que había causado muertes, se encontró con el dilema de no
saber qué añadir a la noticia que habían dado todos los periódicos un mes
antes. El taxista que le llevaba al lugar de los hechos le ofreció un dato
desconocido: las muertes se habían producido en un segundo desprendimiento,
sobre un grupo de curiosos se había acercado a ver como se había derrumbado la
ladera en un primer momento. Al igual que en el cuento de Jean Cocteau El gesto de la muerte –considerado por
Márquez como “el cuento perfecto”- el destino es ineludible. A Márquez, el
destino le había deparado el éxito, ya que a pesar de cualquier expectativa que
tuvo el autor en un primer momento sobre Cien
años de soledad, el coronel Buendía y Macondo le acabarían otorgando un
premio Nobel y el reconocimiento mundial.
Su vocación como periodista se refleja incluso en sus novelas más
famosas, que no son otra cosa que grandes reportajes: Crónica de una muerte anunciada, Noticia de un secuestro, Relato
de un náufrago… obras basadas en hechos reales, investigados hasta el más
mínimo detalle por Márquez, ya que insistía en que “un dato falso ponía en duda
todo el reportaje”, y llevaba esta minuciosidad hasta la literatura. Aunque
todo ello no quita que creara una realidad fantástica, llegando a afirmar que
“de la demencia senil de mi familia llevo viviendo todos estos años”.
En 1955 se reunió tres días con un grupo de periodistas, y les ofreció
una lección sobre esa “pasión insaciable tan incomprensible como voraz” que es
el periodismo. Aforismos que se marcarán para siempre en aquellos que sientan
la necesidad de rescatar el oficio: “La anécdota en el periodismo es la madre
de todo”, “cuando encuentras el gancho, lo cuelgas todo”, “el dinero y la tos
no se pueden ocultar; la verdad, tampoco”, “en el instante en que uno se aburre
escribiendo, aburre al lector”.
En definitiva, los principios que estableció Gabriel García Márquez
constituyen una auténtica lección de periodismo, y el autor colombiano pasará a
la historia como uno de los grandes de este oficio. Seguro que hasta el último
día “sintió la angustia de escribir”.